Me apretaba la sien de forma nerviosa, intermitente. Variando del convencimiento al arrepentimiento al tiempo que el reloj lo hacia de segundo en segundo. El cañón estaba frío como el sudor que caía de su frente sobre la mesa, el mismo que le hacía revolver el cañón entre sus manos buscando una firmeza imposible de encontrar. Solo se oía una profunda respiración y un movimiento incesante de piernas. Eran las 9 de la mañana. El día anterior fue muy duro, demasiado humillante incluso para mí. Pero así todo decidí que no era suficiente para acabar conmigo, así que pose de nuevo la pistola en la mesa y me fui a la cama.
Cuando desperté creí haber dormido días. Me masturbe y mientras lo hacía pensé que idiota fui al pensar en perderme aquello para siempre. Finalizada la tarea un patetismo inmenso se apodero de mí, y la idea de la muerte me volvía a parecer atractiva, pero hacía demasiado frío para salir de la cama, demasiado aunque el propósito sea matarse, no os lo imagináis.
No era la primera vez que pensaba en hacerlo. Anteriormente ya había mirado desde la altura de algún puente el suelo duro y mortal (si nos encontrábamos), las vías solitarias e intimas, las drogas de muerte lenta que nunca probé o las listas de alistamiento de alguna guerra cualquiera. Pero nunca había caído lo suficiente para terminar con la cobardía, en realidad pienso que nunca lo he querido hacer de verdad, que no es más que el morbo innato del hombre por la muerte. Cuando veo a la gente conduciendo, a los hombres en las guerras, en las paredes de montañas infinitas, a los chavales cruzando las vías en el previo instante del pasar del tren... no me siento tan solo. A todos nos gusta esa posibilidad de morir, de hecho ¿Que sentido tendría vivir sin la posibilidad de la muerte? No tendría sentido. No es que sea un suicida, simplemente soy tan gilipollas y cobarde como el resto de los hombres y a veces ejerzo de ello, simplemente eso.

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